No hace tanto tiempo que tomo algunas fotos como el que llevo mirando las cosas con ojo de fotógrafo. Sin grandes pretensiones, la verdad sea dicha. 

Cuando intentas que el objetivo de tu cámara plasme sobre su sensor la imagen que tú estás viendo, entonces, solo en ese momento, entiendes que el arte de la fotografía no es tan sencillo. Y ni siquiera lo parece.

Probablemente tampoco se lleguen nunca a encontrar superpuestas las imágenes de tu córtex cerebral, ese intramundo donde ocurre la percepción, la imaginación, el pensamiento, el juicio y la decisión, y las de tu tarjeta de memoria, donde el Teflón, la fibra de vidrio y la baquelita se encargarán de poner distancia con respecto a tu meta.

Ves un objeto, atrae tu atención y quieres llevarlo contigo. No puedes porque no te pertenece. Te llevas una foto. Tendría que ser la foto mejor, la más similar a la que guardas en tu cabeza para recordar ese elemento . Al final es otra. Se parece, el objeto es el mismo. Pero la imagen es la que ha decidido tomar la cámara, la que han decidido retratar todos sus componentes en conjunto, puestos de acuerdo. Y te vas con ella.

Una foto no es sólo lo que ven tus ojos. Es la suma de lo que ven más lo que ve tu cámara. Y esa suma nunca resulta uno.