Al final verás que todo se reduce a las expectativas que tengas. Una expectativa es una esperanza de que algo pase o consigas algo. Y solo tú puedes decidir cuáles son tus expectativas, nadie más puede tomar la última decisión.

Es posible que otros afecten a tu decisión sobre lo que esperar, que haya algunos parámetros ajenos a ti, fuera de tu control que no seas capaz de vencer. Porque te controlan. Tienes que luchar justo para eso, para eliminar de tu camino lo que no te deja tener las expectativas adecuadas. Si hace ruido y te molesta para decidir lo mejor para ti, entonces apártalo de ti.

Una vez que defines lo que quieres ya es más fácil ir a por ello. Lo que le pasa a muchas personas es algo tan simple como que no saben lo que quieren esperar de otros, se la vida, de su futuro. No han fijado sus expectativas.

Lo cierto es que nadie nos ha avisado de que esto es importante. No lo sabemos por defecto. Lo aprendemos a lo largo de nuestra vida. Nada que ver con la madurez y todo que ver con la práctica del fracaso. Nada enseña mejor a fijar expectativas que una buena derrota. Los perdedores son las personas que mejor fijan sus expectativas, pero que no saben luchar por ellas. 

Y lo único que queda es pensar sobre las consecuencias de tener expectativas erróneas. Nada bueno, sin duda. Es mucho mejor no tener ninguna expectativa, aunque no conozco muchas personas que sean capaces de vaciar su mente de tal forma como para no generar alguna. 

Cuando proyectas tus expectativas a corto plazo y el resultado real no es el esperado entonces la distancia que hay entre ambos puntos es tan grande que la caída, el choque o el golpe, hace un daño irreparable. El dolor de la esperanza no alcanzada. ¿Existe algo peor?