Hace años pensaba que para hacer una buena foto, como las fotos que me parecían buenas de otras personas,  hacía falta una buena cámara, un buen objetivo y estar en un lugar maravilloso,  con una luz perfecta y un entorno de ensueño. Estaba equivocado.  

Hace tiempo que me he dado cuenta de que las fotos son buenas si sabes ver la foto que quieres tomar y te preocupas de encuadrar de forma que el que vea la foto perciba lo que quieres que vea. 

Creo que la foto no es para que alguien vea lo que tú viste en el momento en el que la tomabas sino para que muestres lo que quieres que vean los invitados a visualizar tu imagen. 

Estos días he estado algún tiempo pensando en el jardín,  mirando todo lo que estaba a mi alrededor y he pensado que no es necesario estar en un paraíso para tener belleza alrededor. Porque algunas cosas que nunca había visto estaban ahí,  al alcance de mi mano para que las pudiese registrar.  

Entre las plantas del jardín hay más vida de la que puedas imaginar. Tienes que acercarte, respirar tranquilamente y esperar hasta que de repente empiezas a ver cosas,  a escuchar sonidos que antes no estaban ahí y a sentir que otro mundo está a la vista. 

He tirado de uno de los objetivos más sencillos y económicos del sistema micro 4/3 que utilizan las cámaras de Olympus: el zoom Zuiko Digital 40-150 mm. 

No sé si son las mejores fotos del mundo a nivel técnico. No sé mucho de técnica fotográfica. Sin embargo sí que me parecen unas fotos buenas porque son las que se encargan de recordarme todo lo que puedo encontrar en el jardín. Por eso son buenas,  porque he tenido que ver más allá para encontrar a los sujetos a fotografiar y porque ya veo siempre de otro modo el jardín y todo lo que hay en él.  

La cámara que he utilizado es la Olympus OM-D E-M10 Mark II y no he procesado las fotos más que en Snapseed,  desde el móvil para añadir un poco de nitidez. 

Cada día me gusta más tomar fotos y todavía más si están soportadas por un pensamiento que haya llevado a ellas.