A veces algunas palabras pasan por tu vida como si no existiesen, pero están ahí, esperando a ser necesitadas. Las palabras se necesitan cuando hacen falta. Como todo, supongo.

La palabra denominador es una de las que me han estado esperando durante toda la vida. Los denominadores, más o menos comunes, siempre están presentes, tú los conoces, pero no los llamas así. A veces los llamas casualidades y otras, simplemente, cosas que pasan.

Lo más importante de un denominador es controlar qué necesitamos de él. En ocasiones interesa que aumente y otras veces su disminución nos aporta una ventaja; y el problema es que se oculta. Un denominador no está siempre a la vista, se agazapa detrás de una fracción, de una mal llamada división en la que por estar en la parte inferior se le desprecia. Y no deberíamos, nunca desprecies un denominador. El denominador nos da el resultado más interesante en aquellas ocasiones en las que el numerador es inamovible.

En fin, el denominador hay que descubrirlo. Es la parte de tu ecuación que divide, la que hace que tu resultado sea pobre si es demasiado grande y la que consigue que obtengas un gran beneficio si es realmente pequeño, entonces lo que ganas es mucho. El denominador hay que trabajarlo. No tanto como el numerador. Los numeradores casi siempre vienen dados por los demás. Tú tienes que trabajar el denominador de tus fracciones.

Piensa en las cifras de tu vida, piensa en ellas y no como una cifra sino como el resultado de una fracción en la que existe un denominador sobre el que actuar. Te será todo más fácil si piensas que en todas las cifras, en todas las ecuaciones hay un denominador que no ves en primera instancia. Busca tu denominador, decide si quieres que sea más o menos grande y trabaja para conseguir tu resultado.