Estoy hasta la polla del Whatsapp.

Estoy hasta los huevos de que personas ajenas a mi círculo íntimo/familiar se crean con el derecho de poder enviarme mensajes a cualquier hora del día y de la noche sin mi permiso. Es sencillo: no eres mi amigo. Si quieres ponerte en contacto conmigo llámame; haz lo que hacen las personas normales.

No quiero que sepas cuándo leo tu puto mensaje que me importa una puta mierda pinchada en un palo para que, si no me sale de los cojones responderte, me vengas con el soniquete de

Lo has leído pero no me has contestado. ¿Por qué no me has contestado?, ¿por qué, si lo has leído?. Tiene el doble ‘check’ azul; mira que lo has leído, que lo he visto en la tele.

Pues porque me cago en tu puta madre y en tu mensaje de mierda, así sin más. Y porque no quiero que me controles y no tengo por qué darte explicaciones que de por sí son autoexplicativas. Muérete.

El caso es que hace un par de semanas llegó el éxtasis; el renacimiento del niño Dios; la resurrección del Fary; el súmmum de la estupidez: el puto tipo de la oficina del paro tuvo a bien robar el número de teléfono del currículum de mi pareja para enviarle ‘mensajes como amigo para facilitarle información acerca de nuevas ofertas laborales’. Me cago en tus muertos, hijo de la gran puta. Tú lo que quieres es follarte a mi novia. Al menos no mientas.

Afortunadamente para él ya he tomado las medidas oportunas para que se quede en el puto paro de por vida por soplapollas. Soplapollas porque necesita un poco de viento frío en sus pelotas para bajar la excitación.

Y todo por el puto Whatsapp.

Lo segundo que más me gusta del Whatsapp es recibir mensajes de mis jefes en mis días libres que, aunque respetan si no son contestados, actúan como alfileres en mi conciencia, recordándome cada pocos minutos que esos mensajes están ahí y que las tareas que envían están sin hacer. Sin hacer. Sin hacer, sin hacer, sinhacersinhacersinhacer. Y así es como un día libre se convierte en un día libre-a-medias. Porque una vez que recibes la información no es tan fácil librarse de ella.

Y aquí estoy, planteándome seriamente abandonar el puto Whatsapp y obligando a llamar a la gente que quiera ponerse en contacto conmigo para cosas con sustancia (pocos o nadie, eso que me llevo en mi vuelta a las cavernas). Y mi caverna favorita es Telegram, el último reducto virgen de estúpidos, de memes, de mensajes reenviados y de jefes.

Larga vida a Telegram.