¿Es posible pasar 21 días con un teléfono sin conexión a internet? ¿Qué se echa más de menos? ¿Cuáles son los beneficios y las frustraciones? ¿A qué sabe el aire?

Sony Ericsson T10

día 1

A las ocho de la mañana suena el timbre de casa y aparece el repartidor de Zeleris con el paquete. Abro descalzo y en calzoncillos, recién salido de la cama y perdiendo temperatura por segundos. Agradezco la entrega, firmo como puedo en la PDA y el hombre me desea una Feliz Navidad. 🙂

Me vuelvo a la cama.

Dos horas más tarde, siendo ya persona, desayuno y desempaqueto el teléfono. Lo admiro: su belleza serena, su plástico de color azul, los recuerdos que me trae a la cabeza. Le inserto la nanoSIM con un adaptador y lo enciendo: tarda menos de 3 segundos en estar completamente operativo… ¡hola Apple!

Leo en la pequeña pantalla ‘E. AIRTEL’.

AIRTEL, hermanos. Bienvenidos al año 2000 (en 2001 cambió su nombre a Vodafone España). Qué vintage es todo.

día 2

24 de diciembre, Nochebuena.

Mi propósito es aguantar el máximo tiempo posible con un teléfono. Sí: te-lé-fo-no. Porque no hace nada más. Adiós al WhatsApp. Telegram seguirá en mi portátil y podré utilizarlo vía web en el ordenador del trabajo. Adiós a Instagram, cámara de fotos, GameCenter (es bromi), podcasts, Spotify …

He estado navegando por los menús y he cambiado la melodía de llamada por una con politono. Incluso puedes crear tus propias melodías. Muy loco.

Durante la cena he sido la única persona que no hacía fotos a la comida. Tampoco he recibido felicitaciones por WhatsApp con vídeos e imágenes graciosas de hombres con megapenix y mujeres hablando por el coño. Tampoco he subido un selfie con toda la tostada* después de cenar. Estoy totalmente out.

*tostada: ciego, potaje, borrachera, colocón.

día 3

He recibido una llamada. ¡Tiene vibrador!

día 4

La radio del coche no está tan mal. Mi jefe me dice que me ha enviado un WhatsApp para noséqué. Le he enseñado el móvil y con una sonrisa burlona le he espetado un: ‘A partir de ahora vas a hablar más conmigo que con tu mujer.’

día 5

Perdida y bajo. Empiezo a desarrollar más musculatura en la pierna derecha. He visto mancuernas que pesan menos.

El indicador de batería sigue totalmente lleno.

día 6

He enviado un SMS por error. En la mensajería del teléfono hay una opción que pone ‘Correo electrónico’, he ido a probarlo con ilusión y una polla como una olla.

Me he comprado una cámara de fotos digital. Esta en concreto. Ya tengo el tándem.

¿Qué estará pasando en Instagram en este preciso momento? ¿Dónde van las fotos que no hice? ¿Quién me pone la pierna encima para que no utilice la tarifa de datos móviles?

día 7

Anoche puse una alarma (sólo madrugo un día a la semana), apagué el terminal y esta mañana se ha encendido él solo cuando ha llegado la hora. En la pantalla ponía: ¿Apagar alarma?. Si pulsas la tecla YES, la alarma deja de sonar y el teléfono vuelve a apagarse. Si pulsas NO, se activa el snooze.

Recuerdo que última vez que puse a cargar el teléfono era 1984.

día 8

He vuelto al iPhone. Tanta tontería, hombre ya.

He puesto a la venta el Ericsson aquí por el mismo precio al que lo compré.

EPÍLOGO

Sospecho del internec.

No sé qué me pasa. No sé si es hastío, ansiedad, nostalgia o aburrimiento. No sé si estoy enfermo, incubando un virus desconocido o mutando. No sé de dónde viene esta preferencia por lo analógico así, de repente. He comenzado a comprar libros en papel como si nunca hubiera dejado de hacerlo. Los tres años del Kindle se han esfumado al pasar página y ya he vuelto a desarrollar la musculatura suficiente en el dedo pulgar derecho para aguantar el libro en posiciones imposibles dentro de la cama.

Es como si se hubiera despertado dentro de mí una desconfianza hacia lo digital: sospecho de su eternidad mucho más que hace un tiempo, que no lo ponía en duda y estaba convencido de que la mejor opción para cualquier contenido era la nube. Sospecho de la dependencia que estaba alcanzando: quizá cuando ya lo tenga todo subido, cuando mi vida entera esté en internet, alguien —quien sea, yo— apriete el botón equivocado y todo desaparezca como en un truco de magia.

¿Y el CD? ¿Cómo llamaremos al ‘CD’ cuando no exista el ‘CD’? ¿Me he comprado un ______ de X grupo? ¿Set de canciones, lista de canciones, pack de canciones, canciones digitales?

Las cosas que ocurren a menudo (ataques informáticos, bloqueos de gobiernos a ciertas páginas web como uber.com, violaciones sistemáticas de la privacidad y las comunicaciones) me hacen replantear fuertemente mi necesidad real de internet, de la comunicación y del valor de mis datos. Nadie podrá quitarme lo que poseo físicamente. O, al menos, no tan fácilmente.

Estos días con un teléfono sin internet, sin WhatsApp, sin Instagram, y sin Spotify han sido los días más tranquilos del año: no he sido esclavo de las notificaciones. Incluso de esas notificaciones que sólo vibran, que tratas de ignorar pero no puedes. No puedes, no mientas. Si sabes que ha vibrado, tu cerebro no te va a dejar descansar.

¿Qué ocurrirá con mis bits cuando haya muerto?

No sé si quiero este internet. Lo que tengo claro es que no puedo renunciar a las series, las películas, la música, los vídeos, el porno, los blogs, Amazon y las consultas en Google. El resto ya se verá.