Escribir en Beta Privada un 3 de enero puede sonar a propósito de año nuevo, pero no lo es Son muchos años en los que con mi colega @doalvares intentamos ponernos manos a la obra y dar una continuidad a las publicaciones en el blog o en el podcast sin llegar nunca a buen puerto. Escribimos y grabaremos, seguro que grabaremos en algún momento de este año, pero solo cuando nos salga, como esta entrada. Hoy, por ejemplo, ha salido. Os cuento…

En el pasado año he sufrido un proceso de simplificación en varios ámbitos y creo que escribir sobre esto, que realmente no ha sido planificado, me ayudará a reflexionar sobre la importancia del cambio.

Simplificación en fotografía

Hace varios años que la fotografía me acompaña, aunque en los últimos tres se ha convertido en mi afición principal. Trato de llevar conmigo mi cámara cuando pienso que encontraré algún momento para tomar fotos. En el 90% de las ocasiones no encuentro ese momento, pero me sigo llevando la cámara, supongo que “por si acaso”.

Hasta este año 2017 tenía un par de cuerpos de Olympus, un viejecito Pen Mini E-PM1 y un robusto y fiable OM-D E-M10 Mark II con un juego de varios objetivos que me llevaba a todas partes dentro de una bolsa compacta que ocupaba un espacio en mi mochila casi siempre necesario para otras cosas. Aunque sea tan compacta, ocupa lo suyo, sí.

Hace algunos meses, a mediados de 2017, tomé una decisión importante: me deshice del equipo principal de Olympus y me compré una cámara compacta avanzada. Ahora tengo un solo cuerpo que lleva una sola lente de focal fija (23 mm en Fuji que equivale a un 35 mm) no intercambiable: una Fuji X100T. Esto quiere decir que solo tengo esta cámara, porque me acostumbré con la E-M10 a tomar fotos a 35 mm y porque los colores de Fuji siempre me han atraído. Disfruto de la fotografía sin la necesidad de estar pensando en la cámara, en los objetivos o en las configuraciones. Juego muy poco con los parámetros y mucho más con la composición, con la idea de cómo será la fotografía que quiero tomar, si tengo que acercarme o alejarme y dónde posicionarme para ello. Un poco de fotografía sin condimentos que es realmente lo que me encanta de esto. Ver una situación, un momento y disparar. Si ha salido bien, perfecto y si no ha salido bien, no pasa nada, no me castigo.

Con esta cámara sí que me voy a cualquier sitio y no me importa no utilizarla. Vienen en el bolsillo de cualquier chaqueta, en el bolsillo de una mochila o en cualquier rincón del coche. Está siempre conmigo. Y la disfruto muchísimo, la cámara, pero mucho más la fotografía. Me ayuda la cámara a mirar de otra forma, pero lo importante no es la cámara, es la mirada diferente.

Algo que he decidido enfocar de forma novedosa este último año es a diferenciar entre la herramienta que te ayuda a conseguir un objetivo y el aprendizaje obtenido en el proceso. Por ejemplo con la fotografía está muy claro. Hay un proceso “físico” en el que cambio de equipo, pero lo que realmente he obtenido de beneficio está en cómo miro las cosas, los objetos y las situaciones y cómo esto hace que me entusiasme por una afición que es de las más agradecidas y satisfactorias que jamás haya tenido.

Simplificación en tecnología

También he dado un giro a los dispositivos móviles que utilizo, con mucha intensidad, en el día a día.

Mi forma de relacionarme con los smartphones ha ido evolucionando a lo largo de estos años, desde que inicié mi relación con estos gracias a un genial Treo 270 que era lo más parecido a un smartphone que había hace ya más de 15 años. Desde entonces toda mi energía se centró en disponer de los últimos dispositivos y en la mayor cantidad de ellos posible. Quería todos, los quería probar aunque fuese durante espacios de tiempo muy cortos, por supuesto con las dificultades que ello conllevaba a la hora de su configuración y puesta a punto, que realmente creo que era uno de los elementos de atracción más potentes del proceso de prueba. Siempre me ha fascinado configurar un nuevo dispositivo móvil.

El iPhone que apareció en el año 2007 cambió todo. En sentido genérico, porque ha influido en muchos sectores de la industria: fotografía, pagos móviles, música, comunicaciones…, pero también en un sentido más personal. Desde el primer iPhone he ido siguiendo cada una de la salidas al mercado de un nuevo modelo y lo he probado, lo he exprimido y lo he disfrutado. Hasta este año 2017. Llegué hasta el iPhone 7 con una experiencia ya agridulce en los modelos 6 y 6S. En ambos casos compré la variante Plus (de 5,5″) en un primero momento para acabar en la versión más “pequeña” de 4,7″ de pantalla una vez llegados a los meses primaverales, cuando ya no se llevan chaquetas con bolsillos grandes y transportar un ladrillo como el iPhone 6S Plus se me hacía muy cuesta arriba. Con el iPhone 7 decidí empezar al revés y ver si con el tiempo echaba de menos las 5,5″. No las eché de menos. Sí que todavía tengo cierta curiosidad por probar a fondo la fenomenal cámara dual que incorpora y su tan aclamado modo retrato; pero incluso esta curiosidad se ha ido desvaneciendo con el paso de los meses.

Tanto se ha diluido que he acabado 2017 con un iPhone SE, una vuelta a los orígenes de las 4″ de pantalla, de un cuerpo metálico perfecto, robusto, manejable a una mano y transportable en cualquier bolsillo. Una delicia que complemento con un iPad 2017 al que le delego las tareas más “de verdad”. Y aunque no quería buscar un tandem perfecto ni mucho menos, me encuentro muy satisfecho con la decisión. He reencontrado las buenas sensaciones que siempre me han producido los iPad (todavía mantengo un New iPad y un iPad Air en casa) y he conseguido segmentar mejor la utilización de cada uno de los dispositivos que en ocasiones anteriores en las que he utilizado el binomio iPhone-iPad como dispositivos en movilidad.

Sigo teniendo un anciano pero vitaminado iMac 2009 y un potente Macbook 2015 que hacen las delicias de todos para las tareas ligeras que hay que hacer en casa o en alguna presentación que tengo que hacer fuera en el caso del Macbook. Estos son equipos de largo recorrido. Ofrecen una potencia y una calidad que no he encontrado en ninguna otra marca del mercado y su sistema operativo es tan estable que hace que te olvides de cuál es la versión que está instalada o si es necesario hacer algún mantenimiento rutinario. Apple lo está haciendo regular con el sistema operativo móvil iOS, pero para mi gusto lo borda con macOS.

Simplificación. Buscada o encontrada

Está claro que me he salido del bucle continuo de buscar el último dispositivo, de probar todas las marcas, de comparar los buques insignias de los grandes fabricantes o de probar todas las distancias focales fotográficas. No ha sido algo planificado o premeditado; es más bien la consecuencia de un proceso de aprendizaje y de la adquisición de madurez en el uso de la tecnología para ponerla al servicio de uno como usuario. Suena muy complejo pero es de lo más natural y sencillo que he vivido en los últimos años.

Creo también que los servicios y las apps que utilizo han alcanzado una madurez muy importante para facilitar el apalancamiento en cuanto los dispositivos se refiere. Con el tiempo el navegador de Internet se ha convertido en una buena “app total” desde la que accedo a mis datos, a mis informaciones y desde la que puedo además trabajar con una calidad aceptable en documentos, en hojas de cálculo, con fotografías, escuchando música y accediendo a mis servicios de almacenamiento favoritos. Todo al alcance de la barra de navegación. Con este panorama los dispositivos dejan de tener tanta relevancia y los contenidos y las formas de hacer las cosas se convierten en los protagonistas.

Simplificar. Creo que esta va a ser mi palabra favorita para los próximos meses. Avisados estáis.

¿Y vosotros, en qué momento de vuestra vida tecnológica os encontráis?